hago música porque no puedo hablar
y la música dice lo que yo no digo
por mí
creo en mi interior un universo
pictórico de sonidos
a veces colorido, muchas negro y gris rallado
como el arañar de uñas sobre la pizarra
el trazo múltiple de paralelismo desordenado
de la letra rasgada
en el interior del cristal de un vagón de metro
nocturno
pero aquí dentro todo es agrio
crudo, sórdido o estridente, desgarrado;
negro ténebre
o blanco deslumbrante,
sin tonos intermedios
sin matices
dentro tengo una bestia sanguinaria sin escrúpulos
que muestra externamente una falsa pose
elegante y cautivadora
desde el siglo de mis ancestros
las bestias ineducadas
de ahí, de ese cáliz bebe
la música manando
a borbotones
de la sangre de mi carne
de mis vísceras vivas despiezadas,
un amasijo de cólera y polvo de dentera
hierro de desprecio
odio y guerra ira
que caen sobre tu dulzura
como el filo del cuchillo del carnicero
contra el acero
a través de músculos y tendones
de quien hace apenas horas
se lamentaba
de haber perdido la vida
(y quizá dos dedos
en uno de estos golpes)
sólo esto es lo cierto que oirás de mí
si no el silencio
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