como no sería yo si no sobrepasara los límites, si no llegase al extremo, hace años que opté por abandonarme a la esencia de mi ser, dejar de lado la lucha en favor del conocimiento pasivo de lo primordial, permitirme de una vez por todas ser aquello que llevo impreso en la sangre y en cada célula de mi cuerpo sin intentar modificarlo: sólo descubrirlo, tener el enorme valor -que no sé si alguna vez lo tuve- de reconocer la naturaleza de mis miserias y mi mezquindad, de enfrentarme a ellas cara a cara sin odiarlas ni despreciarlas, quién sabe si incluso amándolas... (¿)
¿dónde estoy ahora? no lo sé, creo que en mitad de la senda del abandono, la que tuve que recorrer sin rumbo para lograr quedarme desnudo de todos los axiomas morales que condicionaban mi camino y prohibían mi amor hacia lo que no era bello de los demás; hacia mí ()
algunos días, como hoy, creo ver entre la niebla de mi memoria el principio de ese camino que quizá una vez comencé, pero nunca logro recordar cuándo mi rumbo se perdió en la bruma, en el páramo, hacia el eterno bosque invernal de la desidia deshojada
es un lugar extraño: a veces duro, pero de una belleza hiriente que sólo desvela la luz sesgada del sol de diciembre. algunas veces me asusta tanto frío. tanto tiempo. tanta ausencia. pero en días como hoy también sé que llegará el tiempo en que descubriré que la hojarasca por la que discurren mis pasos sin saber, se convertirá con la mirada del tiempo en el camino de mi vida; ya lo es
y entretanto, en días como hoy, esperaría a la noche para pasar todas sus horas abrazado a ti, ambos recostados sobre nuestro flanco derecho, un brazo bajo tu cuello, mis dos manos en tu costado izquierdo, sobre la cintura; y cuando amaneciese desperdiciaría el resto de las horas hasta cumplir las veinticuatro del olvido del día: la luz del sol de diciembre hiere demasiado, hay que beberla solo.
sábado, 23 de diciembre de 2006
miércoles, 22 de febrero de 2006
h...(?)
no deseo pero sí supongo que allí, como aquí, el invierno se resiste a morir y se empeña en asestar frías cuchilladas a una primavera que, como un aborto, nace ya desangrada y a jirones sobre la tierra seca
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