la memoria...
siempre que pienso en las cosas bellas a recordar me arrastra una espiral de vértigo...
pienso en lo breve de mi existencia y en lo sencillo que es detener algo tan complejo como nuestra vida, en cómo la muerte con toda tranquilidad es capaz de desconectar para siempre el amasijo interminable de conexiones neuronales, pensamientos, ideas, recuerdos, ecuaciones diferenciales resueltas... simplemente un día, en un solo instante
me asalta entonces la necesidad de dejar algo, de aferrarme a esa absurda idea de perpetuarse en la tierra más allá de tus días a través de tu recuerdo y de tus obras... y entonces mi cabeza, que siempre corre más que yo, ya ha saltado unos cuantos siglos más allá: cuando ni mis sobrinos (por hijos) ni los hijos de mis sobrinos se acuerden de mí, cuando de verdad nada quede de mí en la memoria de la tierra
quizá aún -pienso con ilusión infantil-, si me empeño en ello, alguien lea o escuche entonces algo que yo haya escrito o grabado; si me convirtiera con el tiempo en un compositor ejemplar admirado a lo largo de los siglos... pero mi cabeza siempre corre más, y avanza vertiginosamente por el tiempo y me lleva a una nueva era en la que la humanidad, una especie más sobre un planeta más, ha desaparecido, tan tranquilamente como el tiempo detendrá mi corazón, como al rascarme la nariz ingenuamente termino hoy con la vida de tantas células de mi cuerpo, tan vitales hasta el instante precedente
y en mi mente, que siempre corre más, sólo queda un desierto, polvo, la luz del sol que se va desvaneciendo como una estrella perdida en el universo que también se extingue
y sólo entonces, cuando mi mente ya no tiene donde ir, me quedo tranquilo, y voy a la nevera a ver si hay suerte y quedan un par de onzas de chocolate
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